“La inteligencia no es sólo información, sino también juicio, la manera en que se recoge y maneja la información”, decía el astrónomo estadounidense, Sagan, en una cita que resume la situación actual, una situación en la que predomina la saturación informativa en tiempo real que dificulta la toma de decisiones estratégicas, certeras e inmediatas.

En un entorno complejo que entremezcla desarrollo tecnológico, diversidad, crisis económica y de valores, se hace imprescindible un cambio de modelo en todos los agentes sociales –Estados, Instituciones, empresas, ONG- y éste es la implantación de la cultura de la inteligencia política.

Esta cultura debe ser capaz de seleccionar, mejorar y transferir conocimiento, e incrementar la capacidad de análisis. Para ello, es imprescindible construir un vínculo sólido entre inteligencia política y comunicación estratégica, que quedará patente en la elaboración y la implementación de planes estratégicos empresariales, tanto en la conquista de nuevos mercados, como en la reconquista de su posicionamiento en mercados ya maduros.

La buena noticia para el mundo empresarial es que ya se están dando pasos firmes en la vinculación de comunicación estratégica e inteligencia política, a través del enfoque metodológico de análisis. Además, existen estudios de las relaciones entre Empresas y Gobiernos, y se avanza en la regulación sobre transparencia y relaciones públicas en todo el mundo.

Por tanto, todo indica que vamos en el camino y que tendremos el reto de desarrollar un nuevo modelo relacional entre Instituciones Públicas, Empresas y Ciudadanía, lo que, tradicionalmente, se ha conocido como lobby. En 14 de los 27 países de la Unión Europea y en Estados Unidos, se ha conseguido una regulación legal de la actividad para favorecer la transparencia, pero, en todos los casos, frente a la opinión pública, se presenta el lobby como una actividad oscura.

Sin embargo, los avances permiten vislumbrar un horizonte que va cambiar radicalmente la noción de lobby como hasta ahora se ha entendido, es decir, se pasará del concepto de influencia al de participación responsable.

Los diversos actores no sólo pueden, sino que deben participar en el proceso legislativo y en las medidas ejecutivas que les afecten, exponiendo y defendiendo sus intereses personales o grupales, en su propio nombre o representados por los profesionales que ellos determinen. Cuando esto suceda, el lobby habrá emergido como el vehículo canalizador de la participación civil, ciudadana y empresarial, en las instituciones públicas contribuyendo a la consolidación democrática.

No en vano, las relaciones entre el sector público y el privado cada vez son más habituales. Es más, la relación entre Empresa, Gobierno y Sociedad se renueva y adquiere un modelo más participativo en el nuevo concepto de colaboración público–privada. Se trata de un tipo de contrato mediante el que la empresa presta un servicio público, y es financiada a través de una asociación económica entre el Estado y una o más empresas privadas o sociales, esto se ha llamados las PPP o P3.

El caso de crisis de SACYR-Canal de Panamá es un ejemplo reciente de la necesidad de una Diplomacia Corporativa, que acompañada de una Diplomacia Gubernamental, tiene como objetivo llevar a buen fin los proyectos, más allá de buscar una solución a través de los tribunales.

Otro ejemplo es que, en la actualidad, los mandatarios, en visitas oficiales y de trabajo, se dejan acompañar de empresarios, como parte de la delegación, de tal manera que ambas partes trabajan a favor de los intereses comerciales del país.

Es indudable que el modelo de alianza público-privada es la solución para enfrentar los retos del mundo actual, y esas alianzas entre los tres ámbitos: Gobiernos, Empresas y Sociedad, superarán el concepto que hoy tenemos de lobby, para ir al concepto de CoPolítica, esto es, Comunicación Estratégica e Inteligencia Política.